
Con entrevistas inéditas a Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson, el Manifiesto S.T.A.R. (Street Transvestite Action Revolutionaries) y nuevas fotos.
Después del 50 aniversario de la Revuelta de Stonewall Inn, tenemos en castellano quizás uno de los mejores trabajos sobre autoorganización y revolución queer y transfeminista: la historia de S.T.A.R. contada por dos de sus protagonistas, Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera.
Este libro va dedicado a estas dos grandes personas, y a quienes siguen luchando bajo unos similares preceptos de auto-organización, apoyo mutuo y disidencia sexual. Recomendamos leerlo detenidamente. Las negras tormentas de sexofobia y violencia política que se avecinan lo convertirán en una útil herramienta para nuestra supervivencia.
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Índice:
– Prólogo a la primera edición.
– Prólogo a la segunda edición.
– Introducción: Reinas contra la sociedad, Ehn Nothing.
– “Me alegro de haber participado en la revuelta de Stonewall”, Una entrevista con Sylvia Rivera.
– Cualquier cosa destructiva, Un ‘diálogo’ entre Sylvia Rivera y unos maderos.
– Travestis callejeras por el Gay Power, Resumen de la ocupación de la NYU en 1971.
– Travestis: tus hermanas y hermanos de la revolución, Sylvia Rivera.
– Parloteando con una travesti callejera revolucionaria, Una entrevista con Marsha P. Johnson.
– Más os valdría callaros, Discurso de Sylvia Rivera en el mitin por el día de la liberación de 1973.
– Puta sobre ruedas, Discurso de Sylvia Rivera, junio de 2001.
– Reinas en el exilio, las olvidadas, Sylvia Rivera.
– Entrevista a Sylvia Rivera, 1ª parte.
– Entrevista a Sylvia Rivera, 2ª parte.
– Entrevista a Marsha P. Jonshon.
– Manifiesto STAR.
– Epílogo. Spanish Queers sobre ruedas.
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Sylvia Rivera (1951-2002) y Marsha P. Johnson (1944-1992), puertorriqueña y afroamericana, fueron dos revolucionarias transexuales que, con su activismo callejero en la urbe neoyorkina, dejaron una profunda huella tanto en la comunidad gay, que nunca las llegó a aceptar del todo, como en el movimiento de los derechos civiles, donde la mayoría las veía como unas bichas raras.
Pateando asfalto y recorriendo tugurios desde muy jóvenes, su rabia y la de muchas otras estallará en la llamada “Revuelta de Stonewall”. Durante las represivas décadas de los 60 y 70 de los USA, apostaron desde el grupo S.T.A.R. por la autoorganización transfeminista y la afinidad entre ellas, practicaron la solidaridad, el apoyo mutuo, las reivindicaciones y la lucha sin cuartel contra la policía y el orden homófobo imperante.
Lo dieron todo para que sus hermanas no tuvieran que pasar por el mismo camino de espinas que pasaron ellas. Con una vitalidad digna de admiración, y ante la adversidad inmensa en la que estaban sumergidas, Sylvia y Marsha nos demostraron que nadie va a regalarnos absolutamente nada si no combatimos con valentía y firmeza, que la lucha siempre es ahora.
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Rústica con solapas.
160 páginas, 17 cm x 12 cm. 10€
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Graziñas y buena lectura!
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Introducción.
Reinas contra la sociedad
Puede parecer obvio que el estudio de la historia es un elemento necesario para continuar la guerra contra este mundo. En cada insurrección fallida, en cada zona temporalmente constituida para el ejercicio de la libertad, en cada campaña de sabotaje, hay herramientas subyacentes que acabaron en una celda o a tiros. Ignorar estas lecciones es renunciar a un valioso arsenal y a un conocimiento estratégico. La historia es un arma.
Además, crear un discurso de revuelta contra las limitaciones de la civilización nos ofrece un linaje del que sacar motivación, en el que podemos encontrar un cálido refugio cuando nos sentimos aplastadas por el peso de este miserable mundo. Si asumimos que somos parte de una guerra en curso que lleva librándose 12.000 años, dinamitaremos una historia que nos mantiene como simples espectadores o peleles en un teatro creado por los jefes, los políticos y la policía. La historia es una brújula.
Al mismo tiempo que buscamos armas e inspiración en el pasado, también debemos ser cuidadosas. Los historiadores, en su intento de “recuperar” el pasado, han convertido a todos los “revolucionarios” asesinados en mártires. El resultado final de este camino es el establecimiento de cultos políticos, con su propia pureza partidista y sus textos sagrados. Como individuos que querrían ver arder en llamas la tradición entera de revoluciones dirigidas, no nos parece un buen procedimiento concebir a los muertos como mártires heroicos, sino que preferimos tratarlos como personas iguales a nosotras, como un ejemplo para este contexto de paz y alegría, pero sin embargo con fallos. Por tanto, el “honrar a nuestros muertos” no puede hacerse del mismo modo en que lo hacen los puristas religiosos (ya sean de naturaleza católica o leninista), sino que solo debe contemplarse como un ataque prolongado contra la sociedad y para el aumento de espacios y relaciones desde los que este ataque pueda llevarse a cabo.
Actualmente, esta estrategia se elabora sobre el vandalismo, el sabotaje y los incendios que llevan a cabo individuos o grupos informales en solidaridad con prisioneros de guerra, compañeros muertos, u otros perdi- dos o perjudicados por actos del poder. Bajo esos ataques subyace una ecología de la revuelta que se extiende mucho más allá de cualquier cristalera rota, cerradura encolada o coche de policía calcinado. Nuestras relaciones de apoyo mutuo, nuestra solidaridad con los compañeros presos, nuestras intimidades criminales, nuestras okupas, nuestra combinación de supervivencia y ataque, son los materiales de los que surgen nuestras prácticas insurreccionales.
Es con todo esto en mente que deseo acercarme de forma crítica a STAR (Street Travestite Action Revolutionaries) y sus actividades en el movimiento de liberación gay posterior a Stonewall. Como persona pobre y de género variante que desea una ruptura insurreccional con lo establecido, pienso que las actividades de Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson siguen siendo válidas lecciones de cara a la revuelta, la supervivencia, la autoorganización a nivel callejero, los errores del izquierdismo y del feminismo, y la perturbación del sistema de género. No deseo hacer de Sylvia o Marsha unas mártires, ni valorar sus actividades acríticamente; los fallos y los límites de STAR me parecen más interesantes que las historias mitologizadas de Sylvia Rivera lanzando zapatos o arrojando cócteles molotov a la policía durante los disturbios de Stonewall. Espero hacer entender que STAR fue tanto un arma histórica como un precedente de los proyectos queer insurreccionales.
No soy la primera persona que se centra en STAR o intenta rescatar sus actividades del cubo de basura de la historia. Desde la publicación de Stonewall de Martin Duberman en 1993, ha habido un interés renovado por STAR, que incluye ensayos académicos, antologías, películas documentales y trabajo de archivo. Aunque pueda parecer que se le dedica mucha atención a un grupo que existió solo unos pocos años a inicios de los años 70’, la falta de compromiso crítico o documentación de la cultura gay callejera y de las redes de autoorganización que existieron en este ámbito hace que el material sea difícil de encontrar. Así que, mientras que la corriente mayoritaria que hizo posibles situaciones de ruptura como los disturbios de Stonewall o los de la Cafetería Compton’s se ha olvidado en la historia o permanece sin investigar ni archivar, STAR existe como un ejemplo relativamente bien documentado de la resistencia de las reinas callejeras.
Este renovado interés por STAR no está exento de problemas. Muchos de los trabajos de archivo y escritos críticos provienen de académicos profesionales o activistas: posiciones cuyos prejuicios afectan a las interpretaciones de la historia de STAR. Además, el público principal al que quiero orientar este trabajo es al autodenominado entorno “queer radical”, que a menudo también procede de ámbitos académicos, de grandes proyectos sin ánimo de lucro o del activismo gay. Aunque soy reacia a lanzar acusaciones de apropiación contra los grupos disidentes izquierdistas, blancos y de clase media, esta transferencia de la historia del activismo “queer radical” al academicismo “queer radical” atrapa la historia en un armazón completamente desligado de la realidad en la que vivieron Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson. Por ello, podemos ver un intento de enmarcar a STAR en un esbozo de feminismo, comunismo o “queer radical”; y una reducción de las experiencias vitales a hechos que podemos repostear en internet para mantener nuestra imagen en la subcultura “queer radical”. Esto nos demuestra que hay individuos decididos a recuperar a STAR para reforzar sus ideologías, sus posiciones políticas e imágenes autoconstruidas, sin importarles lo más mínimo cuán separadas puedan estar esas cosas de las vidas de las reinas callejeras o de las prácticas de resistencia encarnadas por STAR.
Podría decirse que, con este escrito, yo también soy culpable de esa misma apropiación. En efecto, no soy una trabajadora sexual en una posición tan preocupante de precariedad económica, ni oprimida por la supremacía blanca en la medida en que lo estuvieron Sylvia y Marsha. Sin embargo, mi aproximación a STAR no es fruto de querer proteger o reforzar ninguna ideología. A diferencia de los académicos y activistas que desearían colocar a STAR en un contexto de trabajo social caritativo (Benjamin Shepard) o liberación “transgénero” (Leslie Feinberg y otras), mi objetivo es traer a la actualidad las prácticas de STAR y hablar de ellas como un proyecto insurreccional, permitiendo a Marsha y Sylvia hablar por sí mismas y rechazando situar a STAR dentro de compartimentos estancos como el anarquismo, con el cual me identifico. Siento que, aunque a veces me surgen discrepancias éticas significativas con respecto a las palabras de Marsha y Sylvia, dicen sus propias verdades.
En el siguiente ensayo, expongo las actitudes particulares, las posiciones y los problemas encarnados en STAR y en la cultura de la liberación gay desde la que lucharon: los conflictos con la izquierda gay blanca, la supervivencia en la calle, la autodefensa, sus posturas contra la policía y las prisiones, la acción directa y la ‘queeritud’ antiasimilacionista.
AMNESIA ASIMILACIONISTA, INSOMIO IDENTITARIO
Para entender las ideas y prácticas de STAR, es importante entender el contexto en el que vivieron, tanto dentro de la sociedad en general como de la subcultura gay. Con el incremento de estudios históricos sobre Stonewall, se ha hecho aún más evidente el hecho de que personas de género variante, queers de color y chicos gays callejeros estuvieron en la línea de frente. Sin embargo, la resistencia continuada a este discurso por parte de los gays asimilacionistas y la visión de Stonewall como un descontextualizado y excepcional momento de revuelta gay, han permitido que se hagan públicos solo unos pocos rastros de un contexto más amplio de supremacía blanca, opresión de clase, transfobia y reformismo hegemónico. La resistencia que experimentó STAR como grupo multirracial de reinas callejeras revolucionarias pone de manifiesto las dinámicas extensivas del movimiento de liberación gay, y nos permite entender los cimientos sobre los que se levantó el actual movimiento gay asimilacionista, supremacista blanco, cis-sexista y de clase media.
RAZA, CLASE, REVOLUCIÓN
Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson no eran queers respetables ni los mejores ejemplos de la imagen moderna de “gay” o “transgénero”. Eran mujeres de color, de género variante y pobres, trabajadoras sexuales callejeras, con unas ideas revolucionarias y rupturistas y, en contraste con las políticas normalmente abstractas y tradicionales de los activistas de la Gay Activists Alliance, centradas en las preocupaciones inmediatas de los grupos gays más oprimidos: “la gente gay callejera, la gente sin hogar, y cualquiera que necesitara ayuda en ese momento” (Sylvia Rivera citada por Feinberg). Dentro de un movimiento de liberación gay reformista, principalmente blanco, cisgénero y de clase media, Sylvia y Marsha fueron a menudo marginadas, tanto por su estatus racial, de clase y de género como por su actitud intransigente a la hora de seguir caminando hacia una lucha gay revolucionaria.
Tras la ruptura inicial de Stonewall –que, como describe Sylvia, “fue gente gay callejera procedente del Village en primera línea, gente sin hogar que vivía en el parque Sheridan Square afuera del bar, y las drag queens tras ellos y todo dios tras nosotras” (entrevista de Feinberg)–, el movimiento de liberación gay tuvo que lidiar con unas engreídas reinas callejeras que rechazaban las políticas abstractas, dando más importancia a las preocupaciones que había a pie de calle. Aquellas que no tienen nada que perder son a menudo las que empujan con más fuerza cuando llega el momento; esto fue así en los disturbios de Stonewall, y continuó dentro del movimiento de liberación gay, por mucho que les pese a aquellos cuya idea de la “liberación gay” era la inclusión en la sociedad heterosexual o una revolución dirigida. Esas fuerzas de normatividad gay y de gestión de la revolución marginalizaron, borraron y silenciaron a quienes tenían cuerpos, historias y orientaciones morales que rechazaban los modelos dominantes.
Los mítines del Gay Liberation Front y la Gay Activists Alliance se convirtieron en campos de batalla. Como Martin Duberman cuenta sobre Stonewall: “Si no había alguien mostrando rechazo por su piel oscura (la de Sylvia) o burlándose de su apasionado e imperfecto inglés, entonces había otro desaprobando su rudo anarquismo por ser hostil al orden o quejándose de su amaneramiento por ser una ofensa a la feminidad. La postura que defendían Sylvia y Marsha era, por la naturaleza de sus propias identidades, resistir a los objetivos del cada vez más asimilacionista movimiento gay. Las reinas callejeras revolucionarias de color fueron un impedimento para el objetivo de asimilación en el mundo capitalista blanco y heterosexual, dejando a la mayoría de miembros de la GAA “asustados por la gente de la calle” (Arthur Bell, citado en Gan).
Esta marginalización continúa hasta hoy en la historia revisionista apoyada por los equivalentes modernos de los asimilacionistas de la GAA. La presencia de gente de género variante, gente de color, gente pobre y gente de la calle en Stonewall y en el movimiento de liberación gay subsiguiente ha sido borrada o menospreciada por parte de los asimilacionistas, que desean presentarse como un movimiento respetable de gays blancos reformistas que buscan su inclusión en el capitalismo y las instituciones del estado.
“LIBERACIÓN TRANSGÉNERO”
Esta historia selectiva también ha sido reconfigurada y reproducida por el creciente movimiento transgénero. Los activistas y políticos de este movimiento, buscando la misma inclusión de las personas transgénero en la sociedad capitalista blanca que los asimilacionistas de la GAA buscaban en los años 70’, ha originado un sujeto “transgénero” generalizado en la narrativa de Stonewall y del movimiento de liberación gay. Como apuntó Jessi Gan, “la afirmación de que ‘también hubo gente transgénero en Stonewall’ representa su propia omisión de las diferencias y jerarquías que existen dentro del término ‘transgénero’” y, cuando celebraban la visibilidad de Sylvia Rivera como transgénero, ocultaban su condición de mujer de color y pobre.
Este borrado de las complejidades de las vidas de Marsha y Sylvia es un ejemplo del proyecto colonialista y supremacista blanco en curso asumido por activistas transgénero que desean englobar todas las variaciones del binarismo de género occidental bajo el paraguas de “transgénero”, sin tener en cuenta los orígenes del término o el autoentendimiento de las personas de género variante. Esta simplificación de experiencias complejas también permite que las personas transgénero blancas, de clase media o alta, asimilacionistas o educadas institucionalmente se apropien de las experiencias y luchas de la gente radical de género variante y de color como parte de una gran narrativa de lo “transgénero”, separándose así de cualquier responsabilidad de comprometerse y atacar sistemas de opresión más allá de la vaga “transfobia”. Los movimientos “transgénero” o “genderqueer”, fieles a sus orígenes dentro de la academia y el activismo, siguen dominados por –usando la caracterización del movimiento de liberación gay que hizo Sylvia Rivera en la manifestación del Día de la Liberación de 1973– “un club blanco y de clase media”.
TRAICIÓN FEMINISTA Y ASIMILACIONISTA
En una tendencia similar, algunas feministas han concebido positivamente a STAR como un temprano ejemplo de participación de las mujeres trans en el feminismo organizado, pero normalmente sin reconocer ni la historia de la violencia del feminismo contra las personas de género variante asignadas como hombres al nacer, ni cómo esta violencia se llevó a cabo contra STAR y contra Sylvia en particular. Mientras que, tanto Sylvia como Marsha, recibieron eventualmente un trato respetuoso por parte de algunas lesbianas (ver la entrevista a Marsha en este libro y la historia de Stonewall de Duberman), la creciente ola del feminismo radical y el separatismo lesbiano cargaron violentamente contra STAR, en concreto en la manifestación del Día de Liberación en el parque de Washington Square. Aunque algunas lesbianas feministas trataron de impedir que hablara y la atacaron físicamente por, según ellas, parodiar la feminidad, Sylvia irrumpió en el escenario, agarró el micrófono, y confrontó al público por su blanquitud, su privilegio de clase y por su indiferencia ante los problemas de las presas. En palabras de Sylvia, “tuve que pelear para subir al escenario, y literalmente, me golpearon y dieron puñetazos personas a las que consideraba compañeras, para llegar hasta ese micrófono. Me hice con él y di mi discurso”. La traición, liderada por la feminista lesbiana Jean O’Leary, provocó que Sylvia abandonara el movimiento durante décadas e intentara suicidarse.
Mientras que este incidente resultó ser el triste final de STAR, ocurrió en un contexto de traición por parte del movimiento de liberación gay y de un odio creciente hacia las personas de género variante asignadas hombres al nacer dentro de la teoría y el activismo feminista. Con la eliminación de las travestis del proyecto de ley
anti-discriminación de Nueva York –por lo que Sylvia fue arrestada tras trepar las paredes del Ayuntamiento vestida con un vestido y tacones altos e interrumpir un pleno municipal (Wilchins), agrediendo a una concejala del Greenwich Village con un pisapapeles (Highleyman)– el movimiento de liberación gay viró hacia la asimilación y la reforma comenzando a distanciarse de revolucionarias, callejeras, queers de color y personas de género variante. Las políticas de STAR –“levantar el fusil, iniciar una revolución si es necesario” (ver la entrevista a Marsha en este libro)– no hubieran encontrado concordancia con un movimiento de gays blancos de clase media que buscan la inclusión en el patriarcado capitalista y supremacista blanco.
SUPERVIVENCIA CALLEJERA
No es de extrañar que STAR entrara en conflicto con un movimiento gay enfocado hacia la integración en la sociedad capitalista. Desde sus inicios, las preocupaciones de STAR no eran los eslóganes, el postureo, el intelectualismo masturbatorio o la “construcción de un movimiento”. La supervivencia, tanto como un intento de satisfacer las necesidades vitales básicas como una tendencia hacia la autodefensa y la lucha ofensiva contra una sociedad que las amenazaba, fue el centro de todas las actividades de STAR, y es clave para entender sus posiciones en el conflicto dentro del movimiento de liberación gay.
Antes de examinar los proyectos de STAR y sus pretensiones revolucionarias, me gustaría complicar la na- rrativa –promovida hoy en día por aquellos a los que les gustaría ignorar la necesidad de la lucha en su vida diaria– de Stonewall como el origen de la lucha queer contra la sociedad. Stonewall, como los anteriores disturbios de la Cafetería Compton’s, solo fue posible por la existencia de zonas conflictivas preexistentes –barrios urbanos “donde la tolerancia social hacia la diferencia sexual era alta y la interferencia policial en la vida del vecindario era laxa o inexistente” y en los que los queers compartían el dinero de sus trapicheos, su comida, sus casas, su autodefensa y sus trucos (Freidman). STAR, por lo tanto, debe verse como una manifestación particularmente visible de una red más amplia de autoorganización tejida entre las reinas callejeras y la gente queer pobre. Sus verdaderos orígenes, pues, no tienen necesariamente una naturaleza “política”, sino que son fruto de un tipo informal de solidaridad y apoyo mutuo, a menudo conectados con la delincuencia y el odio a la policía.
STAR como organización aparece en la ocupación del Weinstein Hall de la Universidad de Nueva York en 1970. La universidad se había negado a permitir los bailes gays que organizaba en el campus un grupo gay estudiantil, así que militantes gays ocuparon el vestíbulo e hicieron una sentada. La llegada de los antidisturbios obligó a los militantes gays a disolver la protesta. STAR, inicialmente llamado Street Travestites for Gay Power (Travestis Callejeras por el Poder Gay), nació de la frustración con el movimiento de liberación gay ante su rechazo a la autodefensa y a comprometerse a luchar contra la policía (ver el texto STAR NYU en este libro).
Las preocupaciones vitales inmediatas –comida, vivienda, dinero, seguridad– fueron el centro de todos los proyectos de STAR. Sylvia y Marsha –quienes, en una práctica común entre las reinas callejeras y las trabajadoras sexuales queers, habían convertido secretamente las habitaciones de un hotel en unos espacios temporales de vida comunitaria, a veces para 50 personas o más (Feinberg)– comenzaron a trabajar en unos espacios autoorganizados y proyectos que mantuvieran cubiertas sus necesidades y las de otras chavalas de la calle. Antes de la inauguración de la Casa STAR, Sylvia y Marsha disponían de un camión con remolque en un aparcamiento del Greenwich Village, en el que alojaron a dos docenas de chicas de la calle. Esto duró poco, ya que Sylvia y Marsha volvieron un día a casa con comida para los chavales y descubrieron que su casa había desaparecido, con 20 chavalas todavía durmiendo dentro (Duberman). Entonces formaron la Casa STAR: “Alimentábamos y vestíamos a la gente. Manteníamos el edificio en funcionamiento. Salíamos a prostituirnos en las calles. Pagábamos el alquiler. No queríamos que los chavales estuvieran prostituyéndose en las calles. Pero sí permitíamos que salieran y consiguieran comida de forma no muy legal. Siempre había comida en la casa y todo el mundo se divertía”. (Feinberg). Esta forma de vida acabó siendo temporal, ya que les desahuciaron por no pagar el alquiler. Sin embargo, antes de dejar la casa destrozaron todas las reformas que habían hecho y robaron el frigorífico (Duberman). Con las miembras de STAR viviendo una situación tan precaria, STAR tenía dificultades a la hora de llevar a cabo los proyectos que habían planeado, que incluían bailes para recaudar fondos, otra casa STAR, una línea telefónica, un centro recreativo, una caja de resistencia para arrestos, y un abogado para la gente queer encarcelada (ver la entrevista a Marsha).
Establecer unas condiciones de vida dignas y asegurar la disponibilidad de comida era igual de importante que la necesidad de la autodefensa frente a sus agresores homófobos y la policía. El intercambio generalizado de tácticas entre las chavalas queers callejeras y las trabajadoras sexuales se centraba principalmente en identificar qué situaciones eran seguras y cuáles no, y en protegerse mutuamente de la policía. La policía y el encarcelamiento eran violentos e intensos, especialmente para las reinas callejeras sin dinero. Marsha recordaba que una travesti fue “arrebatada de los brazos de su amante” mientras estaba en la calle (ver la entrevista a Marsha). En la cárcel, las presas de género variante hacían frente a las violaciones y los abusos por parte de la policía y los reclusos, y la manipulación legal que causaba que algunas reinas tuvieran que esperar años para conseguir una fecha en el tribunal. Por tanto, no es de extrañar que STAR se originara en medio de la decepción por el fracaso del movimiento de liberación gay a la hora de enfrentarse a la policía en la Universidad de Nueva York; ni que la primera aparición pública de STAR tuviera lugar en una manifestación de Young Lords contra la represión policial (Feinberg); ni que el apasionado discurso de Sylvia de 1973 acusara a los movimientos por la liberación gay y feminista de olvidarse de sus prisioneros de guerra; o que, al reincorporarse a la lucha gay en los 90, Sylvia se centrara en la violencia policial contra Amadou Diallo y Abner Louima, además de los asesinatos de Matthew Shepard y Amanda Milan. Las actitudes de Sylvia frente a la policía son claras: “Siempre percibimos a la policía como el verdadero enemigo. No esperábamos de ella nada mejor que ser tratadas como si fuéramos animales, y lo fuimos” (ver entrevista de Feiberg con Sylvia).
CONCLUSIÓN
Para concluir, me gustaría dirigirme a la gente con la que comparto enemigos comunes y proyectos comunes. STAR es solo un apunte histórico en un legado de insurgencia queer. Con el auge de la teoría queer y la historia transgénero como temas de estudio respetables, otras formas de revuelta queer y de género variante se han rescatado del olvido. La mayor parte del tiempo, quienes hacen este trabajo de rescate histórico no tienen en mente mucho más que promocionar sus carreras universitarias o reformar los sistemas de explotación y dominación. Sin embargo, para los insurgentes queer, rescatar nuestra historia de la oscuridad y la asimilación es un elemento necesario de lucha. Si no nos enfrentamos críticamente a esta historia, no solo perdemos herramientas analíticas que podrían ayudarnos en la difusión y la mejora de nuestra revuelta, sino que también abandonamos a los muertos para que los buitres los reduzcan totalmente a imagen y mercancía. Dondequiera que flaqueemos en nuestros análisis o fallemos en identificar las herramientas y armas que subyacen en la historia, los académicos queer, los “queers radicales” que intentan entrar en este estereotipo, la bazofia asimilacionista y todos los demás tipos de representantes gays y los maderos conducirán estas luchas hacia sus fines.
La lucha por la liberación queer, nutrida por el sudor y la sangre de personas como Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson, sigue adelante. Muchas personas del mundo gay actual quieren que abandonemos nuestra lucha por considerarla una anticuada reacción a la dominación. Si hablan de Stonewall, es para enmarcarlo como una antigüedad digna de admirar. Este pacifismo gay no es simplemente el resultado de que gays y lesbianas vean que su revolución se hace realidad a través del matrimonio gay y la legislación contra los delitos de odio; es un intento de los nuevos líderes y de la policía de evitar la revuelta en sus filas. Nuestra guerra, entonces, es tanto contra los gays que defienden esta sociedad como contra los heterosexuales.
Pero no son solo los gays capitalistas y los políticos profesionales quienes buscan sofocar la revuelta. Una y otra vez hemos visto a devotos de lo “queer radical” celebrar en un momento dado los disturbios queer del pasado, y a continuación llevar a cabo políticas identitarias parar condenar los disturbios queer actuales. Hemos visto a estos trepas usar imágenes de insurrecciones queer pasadas para vender sus libros y promocionar sus carreras artísticas, todo con un odio bastante poco disimulado hacia todas las formas de lucha que escapan a su control.
Para aquellas de nosotras que, por nuestra inclinación ética hacia la insurrección, hemos entrado en conflicto contra esos eternos enemigos, la distinción está clara. La purpurina no es una base para la afinidad. Preferimos forjar nuestras amistades en una práctica compartida de revuelta, porque sólo podemos conocernos realmente las unas a las otras cuando dejamos de ser serviles, es decir, cuando juntas sembramos la destrucción.
Ehn Nothing