
Durante sus años de funcionamiento, entre 1972 y 1986, el cuerpo de choque nocturno de la Policía Local de Valencia se erigió en verdugo del clima de liberación política que se respiraba en la capital del Turia. Marginados sociales, drogodependientes, izquierdistas, feministas, punks, gays, travestis y trabajadoras sexuales fueron sus víctimas principales, y nunca perdió su vínculo con el aparato franquista y el fascismo organizado
Valencia ha vuelto a escuchar sobre la Brigada 26 después de un reportaje emitido por ÀPunt el pasado 24 de abril. “Un poco agridulce” es la sensación que sintió Antoni Infante, miembro de Decidim, Plataforma por el Derecho a Decidir del País Valenciano. Valora la valentía del equipo al hacer el documental, pero piensa que “el mensaje que había mucha violencia en las calles y que, por lo tanto, se tenía que encarar es un mensaje ideológico muy interesado para el mismo franquismo y para la Brigada 26”.
“Yo fui con muchas ganas de contar unos hechos, de hacer memoria histórica […] de como la gente LGTBI de la época habíamos sufrido la represión”, añade Vicente Ortuño. Está “muy decepcionado” y enfadado porque “sacaron frases fuera de contexto”. Él y Alfonso Pelayo, integrantes entonces del Movimiento de Liberación Gay del País Valenciano (MAG-PV) coinciden con Infante al considerar excesiva la enorme presencia policial en el documental, imponiendo un cariz justificador de las acciones de “La 26”.
El 1972 el franquismo se enfrentaba a una creciente oposición en la calle, y una forma de combatirla fue el aumento de la presencia policial justificado con la delincuencia. Los principales diarios hablaban del Lute o de robos a joyerías mientras huelgas fabriles de millares de personas eran omitidas. Infante piensa que el origen de la 26 fue el miedo de las autoridades locales ante los “pequeños estallidos de libertad” que surgían en la Valencia tardofranquista. El productor musical Toni Pep enmarca su creación dentro de la corrupción franquista, justificada por “parámetros ideológicos” contra la gente marginada y pobre ante la “gente de bien”.
Operaban entre las 22 h y las 6 h, contaban con teléfono propio y disfrutaban de más días libres y sueldo que el resto de policías. También tenían otros trabajos, normalmente de porteros de seguridad. Su uniforme negro con botas “parecía el de las SS nazis”, recuerda Infante, y llevaban un revólver en la cintura al estilo de cuerpos policiales de los Estados Unidos. Su apariencia y el hecho de llamarlos ya generaba miedo.
La Brigada 26 en acción
La 26 participó en la contención de la protesta y el movimiento social en las calles de Valencia. “Nos agredieron a mucha gente y no para ser miembros de colectivos de mujeres, sino por el hecho de pasear por la noche tranquilamente. Esta era la estrategia: llegaba el jeep a toda leche, se colocaban a tu altura, saltaban como locos, nos metían contra alguna pared de espaldas, con las piernas abiertas y manos en alto, nos registraban, echaban todo el contenido de la bolsa de mano a tierra y con el pie lo recorrían y aplastaban. Así más de una hora. Después se iban por donde habían venido”. Es la secuencia que Lola, militante durante la Transición, sufrió una noche junto al Micalet.
Todos los testimonios coinciden en el mismo modus operandi: llegar, agredir y huir, y siempre contra personas que identificaban con disidencia política y social. Antoni Infante recuerda la entrada masiva de la 26 a una discoteca: cerraron la puerta, empezaron a pegar en todo el mundo y amenazaron si la gente acudía a un centro médico. En otra ocasión, repartiendo folletos en la avenida de Francia, dejaron apaleados dos compañeros.
Un reportaje sobre el barrio del Carmen de 1978, el periodista Javier Valenzuela recoge opiniones de asiduos y vecindario. Todos coinciden que hacía un año “la peor época [del barrio] fue cuando se instaló permanentemente un destacamento especial de la Brigada 26 […] que produjo más conflictos y tensiones que otra cosa”. El Carmen era un herbidero de contracultura y contestación social. La escena punk valenciana empezaba a desarrollarse en el barrio y a sus locales.
La respuesta de la gente punk a la 26 fue enérgica y contundente. El libro sobre la banda Interterror define los punks como “los únicos bastante inconscientes para confrontarlos”.
El acoso y el asalto de sus locales y festivales fue constante. Una pelea con fascistas ante un local punk comportó la aparición de la 26 y la detención de dos punks. Decenas de punks atacaron la comisaría buscando liberar sus compañeros. Después de horas de batalla, siete policías quedaron heridos y cuatro punks más fueron detenidos.
Ultraderecha, corrupción y el negocio de la noche
Según la revista Cartelera Turia, en 1982 un grupo de fascistas atacó la feria del libro ante la Llotja, agrediendo a golpes a un visitante. La 26 dejó en paz a los atacantes y pidió el carné al agredido. Su vínculo con la ultraderecha va más allá todavía: se buscaba personal con conocimientos en artes marciales y “los gimnasios eran territorio fascista”, como señala Alfonso Pelayo. Un dossier libertario de 1980 define a los agentes de la 26 como “expresidiarios fascistas en potencia, procedentes anteriormente de bandas y de la Legión, y que controlaban gran parte, en su día, de la droga blanda que se venía en Valencia”. Muchos testigos apuntan que la 26 a menudo hurtaba la droga que encontraba en cacheos para consumirla o venderla. Toni Pep sitúa a la vez la aparición de la heroína y de la 26 en el Carmen, y algunos de los primeros skinheads neonazis distribuían la droga requisada por la 26.
Algunos trabajaban protegiendo mítines de la ultraderechista Fuerza Nueva y, disuelta la 26, algunos se incorporaron a La Levantina, empresa de seguridad privada de Roberto Navarro, futuro fundador de España 2000, entonces ya conocido al fascismo local, al proxenetismo y al ocio nocturno. Según Viruta, investigador y miembro del Espacio de Libre Aprendizaje El Punt, todo apunta a una estrategia de la ultraderecha, definida o no, para tomar la noche valenciana. “Estos policías habían trabajado la noche, la conocían”, señala.
Varios locales de ocio y prostíbulos eran regentados por conocidos fascistas, y la 26 parece tener un papel en todo esto: en el libro ¡Bacalao! de Luis Costa encontramos dos miembros de la 26 gestionando la discoteca La Pista de Benicalap, propiedad de un casal fallero. Toni Pep abrió entre 1980 y 1981 el Café Concert a Carme, sufrió habituales atracos y, después de una pelea con un cliente, la 26 lo denunció y le cerraron el local dos meses. Finalmente, lo dejó y pasó a manos de un miembro de la 26, igual que buena parte de los locales del Carmen, aunque la mayoría no funcionaron nada bien y cerraron pronto.
Cruzada contra todo “aquello inmoral”
Las fuentes mencionan a menudo la fijación de la 26 por gays y travestis. La localización de una de sus sedes a los bajos del Mercado Central favoreció el acoso, palizas, hurto de dinero y la violencia sexual que las trabajadoras sexuales de la avenida del Oeste sufrieron en sus manos. Toni Pep piensa que así atacaban la competencia, puesto que bastante agentes de la 26 eran proxenetas o trabajaban para proxenetas.
Las prostitutas de calle, travestis y no travestis, eran secuestradas y lanzadas al Saler, y tenían miedo de denunciar. Enterados de esto, Vicente Ortuño, Fernando Lumbreras y Leo del MAG-PV acudieron a hablar con ellas, y una noche se encontraron un redada de la 26 y se negaron a abandonar la zona. Conducidos a la comisaría de la Policía Nacional de Velluters, le explicaron al comisario la situación que sufrían las prostitutas. Ortuño recuerda su actitud “intimidatoria”, ignorando su relato y amenazando de denunciarlos e informar a sus padres que eran gays. Las travestis ya tenían estrategias de defensa de la 26, con piedras o dando un aviso sonoro en toda la avenida para poder huir a tiempo, pero “estaban muy agradecidas que le hubimos dado luz porque ya no eran tan molestadas”.
La activista y artista Rampova dejó bastante de anécdotas con la 26: el 1983 ella y Greta, también integrante del grupo de cabaré travesti Pluma-2, fueron agredidas por un grupo de neonazis, que huyeron hacia la dirección desde donde vendía un coche de la 26. Justificaron no haberlos detenido porque “iban en dirección prohibida”. Más tarde, la 26 amenazó a Greta con contar a sus padres que era travesti si denunciaba, y a Rampova con dar sus datos a los neonazis. En otra ocasión Rampova andaba con una amiga y recibieron una paliza de la 26, y la amiga tuvo que ser operada con la nariz rota y la cara desfigurada.
Disolución y final?
Àngel del MAG-PV sufrió un ataque epiléptico en la calle y le «atendió» la 26. Fue golpeado al ser confundido por un drogadicto, y cuando le encontraron un distintivo con el símbolo gay del triángulo rosa con la frase “gays contra el fascismo”, también humillado. Así consta en una acta del MAG-PV de 1981.
Otra acta de 1983 describe la reunión entre el colectivo y el gobernador civil, pidiendo la disolución del cuerpo. Esto ocurrió el 1986. Antoni Infante recuerda que “hubo algunas diferencias” antes y después de la llegada del PSPV al ayuntamiento en 1979, pero “los cambios se hicieron tan despacio que los valores de la Brigada 26 contaminaron el conjunto del cuerpo”.
La 26 se diluyó despacio y la mayoría de los agentes fueron reubicados en otras unidades. No hubo ninguna depuración de cargos, ni consecuencias por todos estos actos hasta hoy.
Piro Subrat
Extraído de (y para leerlo en el original en catalán [nosotras lo hemos traducido al castellano para mayor difusión]): https://directa.cat/la-brigada-26-i-el-continuisme-franquista-a-valencia/