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Nueva Edición: «Obras Completas Tomo 5. Dios y el estado». Mijail Bakunin. Coordinadas por Frank Mintz. Introducción de Sonia Lojo.

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En este Tomo 5, presentamos la edición definitiva del texto más conocido de Mijail Bakunin, con una nueva traducción, presentación y notas de Frank Mintz.

«Lo mismo pasa con la familia, por otra parte, tan indisolublemente vinculada, por su principio tanto como en el hecho de la propiedad individual y hereditaria. La autoridad de los esposos y del padre constituye un derecho natural. La sociedad, representada por el Estado, la consagra jurídicamente. Pero al mismo tiempo pone ciertos límites al poder natural de uno y de otra, para salvaguardar otro derecho natural, el de la libertad individual de los miembros subordinados de la familia, es decir, de la madre y de los hijos. Y es precisamente imponiéndole esos límites cuando la consagra, la convierte en derecho jurídico y da fuerza de ley a la autoridad marital y paternal. El sistema considera la familia jurídica, fundada en esa doble autoridad y en la propiedad jurídicamente hereditaria, como la base esencial de toda moral, de toda civilización humana, del Estado.

El sistema considera el Estado como una institución divina, en este sentido fue fundado y desarrollado sucesivamente, desde el comienzo de la historia, por la razón divina, objetiva, inherente a la humanidad, estimada como un todo, y los individuos históricos que contribuyeron sea a su fundación o sea a su desarrollo, solo fueron intérpretes divinamente inspirados. El sistema considera el Estado como la forma inevitable, permanente, única, absoluta de la existencia colectiva de los individuos, es decir, de la sociedad; como la condición suprema de toda civilización, de todo progreso humano, de la justicia, de la libertad, de la común prosperidad, en una palabra, como la única realización posible de la humanidad. (Y, sin embargo, es evidente, como lo demostraré más tarde, que el Estado es la negación flagrante de la humanidad)».

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«Obras Completas. Tomo 4. Dios y el estado».
Mijail Bakunin.
Coordinadas por Frank Mintz.
Introducción de Sonia Lojo.

Rústica con solapas.
978-84-127768-9-8
320 páginas. 19 cm x 14 cm. 15e.

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Algunos objetarán que el cristianismo ordena a los hijos que amen a sus padres, a los padres que amen a los hijos, a los esposos que se quieran mutuamente. Sí, pero les manda y no les permite amarles no inmediatamente, no naturalmente y por sí mismos, sino únicamente en Dios y por el amor de Dios. Admite todas esas relaciones naturales si se encuentra Dios como tercero, y ese terrible tercero mata a los cónyuges. El amor divino aniquila el amor humano. El cristianismo nos ordena, es verdad, que amemos a nuestro prójimo tanto como a nosotros mismos, pero nos ordena al mismo tiempo que amemos a Dios más que a nosotros mismos y, por consiguiente, también más que al prójimo, es decir, sacrificarle al prójimo por la salvación de nosotros mismos, puesto que, al final, el cristiano solo adora a Dios por la salvación de su alma.

Al existir Dios, todo eso es rigurosamente lógico: Dios es lo infinito, lo absoluto, lo eterno, lo todopoderoso; el hombre es lo finito, lo impotente. En comparación con Dios, en todos los planos, no existe nada. Lo divino únicamente es justo, verdadero, hermoso y bueno, y todo lo que es humano en el hombre debe ser por eso mismo declarado falso, malo, detestable y miserable. El contacto de la divinidad con esa pobre humanidad debe, por lo tanto, necesariamente devorar, consumir, aniquilar todo lo que queda de humano en los hombres.

Dios no tuvo ni esa razón, bondad y justicia y aunque sabía de antemano que Adán y Eva habían de sucumbir a la tentación, cometido el error, enseguida vemos cómo Dios se dejó coger por un arrebato de furor realmente divino. No se contentó con maldecir a los infelices desobedientes, maldijo a toda su descendencia hasta el fin de los siglos, condenando a los tormentos del infierno a millares de hombres que eran evidentemente inocentes, puesto que ni siquiera habían nacido cuando se cometió el hecho. No se contentó con maldecir a los hombres, maldijo con ellos toda la naturaleza, su propia creación, que él mismo había encontrado tan bien hecha.

Si un padre de familia hubiera obrado de ese modo, ¿no se le habría tomado por un loco de atar? ¿Cómo se han atrevido los teólogos a atribuir a su Dios lo que habrían considerado absurdo, cruel, perverso, anormal de parte de un hombre? ¡Necesitaron ese absurdo! ¿Cómo, por tanto, habrían podido explicar la existencia del mal en este mundo que debía haber sido perfecto con las manos de un obrero tan perfecto, de este mundo creado por el mismo Dios?

Pero, admitida la caída del hombre, todas las dificultades son

las escuelas de Europa. ¿Qué se debe pensar, por tanto, de la especie humana después de eso? ¿Y no tienen mil veces razón los que pretenden que traicionamos, aún hoy mismo, nuestro muy próximo parentesco con el gorila?