
La Revolución Social ardía en el alma de Bakunin
Escribir cien palabras sobre Bakunin es como intentar vaciar el océano con un cubo. La personalidad y la vida de Bakunin fueron tan ricas, amplias y globales que una no sabe por qué fase empezar para hacer justicia a la memoria de este hombre maravilloso.
Por mucho que sus teorías contribuyeran a aclarar mis propios pensamientos, fue sobre todo su espíritu ardiente el que ejerció una influencia irresistible sobre mí. Porque Bakunin fue el volcán del movimiento revolucionario, cuyas llamas se elevaban hasta el cielo, iluminando Europa y mostrando el camino hacia la liberación social y política. Y ese espíritu ardiente iluminó muchas horas oscuras de mi propia lucha y me ayudó a mantener en alto los ideales por los que Bakunin vivió, trabajó y murió.
En 1848, una gran parte de los trabajadores se dio cuenta de la inutilidad de la actividad política como medio de ayudarles en su lucha económica. Ya entonces se reclamaban medidas económicas directas contra el inútil derroche de energías en el terreno político. Tras años de agitación y experimentación, la idea fue incorporada por la primera convención de la Internacional en 1867.
Fue esta decidida posición radical la que acabó provocando la escisión del movimiento revolucionario de la época y su división en dos facciones: una, bajo Marx y Engels, que aspiraba a la conquista política; la otra, bajo Bakunin y los obreros latinos, que seguía adelante en la línea industrial y sindicalista: la primera se ha centralizado gradualmente en una enorme máquina, con el único propósito de conquistar el poder político dentro del Estado capitalista existente; la otra se está convirtiendo en un factor revolucionario cada vez más vital, temido por el enemigo como la mayor amenaza para su dominio.
En el año 1900, siendo delegada al Congreso Anarquista de París, entré en contacto por primera vez con el Sindicalismo revolucionario. La prensa anarquista había estado discutiendo el tema durante años; por lo tanto, los anarquistas sabíamos algo sobre el sindicalismo. Pero los que vivíamos en América teníamos que contentarnos con su aspecto teórico. En Francia vi la fuerza, el entusiasmo y la esperanza con que el sindicalismo inspiraba a los trabajadores. A mi regreso a Estados Unidos comencé inmediatamente a propagar las ideas sindicalistas, especialmente la Acción Directa y la Huelga General. Pero era como hablar con las Montañas Rocosas: ninguna comprensión, ni siquiera entre los elementos más radicales, y completa indiferencia en las filas obreras.
En 1911 una publicación socialista me acusó de estar al servicio del zar ruso. Esta intrigante revelación apareció en el London Justice, órgano oficial del Partido Socialdemócrata de Inglaterra. Al principio me sentí mal por esta acusación descabellada. Pero entonces recordé que una denuncia igualmente escabrosa había sido lanzada contra una persona más grande que yo, Mijail Bakunin, el padre del anarquismo. Los individuos que habían acusado a Bakunin eran Friedrich Engels y Karl Marx. Desde entonces, cuando los fundadores del socialismo habían dividido la Primera Internacional con sus métodos demagógicos, los socialistas de todo el mundo habían utilizado tácticas similares. Me sentí halagada por correr la misma suerte que mi ilustre compañero y consideré indigno de mi dignidad responder a semejante calumnia. De todos modos, me habría encantado conocer el origen de la maldita historia.
A finales de 1922, tras la primera publicación de mi libro, con el título erróneo de “Mi desilusión en Rusia”, en lugar de “Dos años en Rusia” y sin incluir los últimos doce capítulos, así como el epílogo, que considero la parte más importante, fui acusada por un crítico de creer que «si los rusos hubieran hecho la Revolución al estilo de Bakunin en lugar de a la Marx el resultado habría sido diferente y más satisfactorio». Me declaro culpable de la acusación. En realidad, no sólo lo creo, sino que estoy segura de ello. La Revolución Rusa -más correctamente, los métodos bolcheviques- demostraron de forma concluyente cómo no debe hacerse una revolución. El experimento ruso ha demostrado la fatalidad de que un partido político usurpe las funciones del pueblo revolucionario, de que un Estado omnipotente pretenda imponer su voluntad al país, de que una dictadura intente «organizar» la nueva vida.
Bakunin fue la encarnación misma de la revuelta, el impulso apasionado del siglo XIX. Su mente lúcida y brillante y su enardecido amor por la humanidad sufriente le hicieron apartarse de su propia clase aristocrática. Se convirtió en la voz de los oprimidos, en el infatigable exponente del anarquismo como base política de un nuevo orden económico y social.
Bakunin fue el espíritu inquieto de su época, siempre tratando de despertar a las masas de su letargo e inacción. Bakunin siempre estuvo con ellas, dondequiera y cuandoquiera que se alzaran en rebelión para articular sus necesidades.
Bakunin llegó a la conclusión de que la emancipación del trabajo sólo puede lograrse mediante la acción directa, económica y no política. Sostenía que la esfera política, cualquiera que sea su pretensión, está alejada de la vida cotidiana y de la lucha de los trabajadores. Dicha acción tiende siempre a la reforma y a soluciones parciales, pero no a cambios fundamentales. Al darse cuenta de esto, Bakunin estaba con las masas no sólo en la teoría, sino en la acción. Luchó con ellas en cada barricada durante cincuenta años de su vida.
E incluso antes de su muerte, su exhortación a los trabajadores fue la necesidad de organizar su fuerza económica. Su testimonio a los trabajadores fue:
“Por tradición y formación provengo de la clase parásita. Y por mucho que intenté ayudar a los trabajadores, mi pasado me perjudicaba. Sólo ahora, a la sombra de la muerte, me doy cuenta de que para ayudar a las masas hay que vivir con ellas, compartir su pan de cada día, luchar e inspirarlas para organizar su solidaridad y su fuerza. […]
Es demasiado tarde para cambiar de táctica. Pero os imploro, hermanos míos, ¡organícense, organicen la solidaridad internacional del trabajo! No importa lo débiles que sean individualmente, se fortalecerán y se volverán invencibles en vuestro esfuerzo combinado a través de la gran familia de la solidaridad obrera”1.
Es notable que Bakunin (lo supe hace poco) cuando se retiró a Locarno tras la derrota de la Comuna, sintió igualmente la necesidad de elaborar una nueva ética. Alguien lo hará, sin duda. Pero es necesario preparar el terreno. Y ya que me siento mentalmente atraída a buscar nuevos caminos también en este campo, debe hacerse: al menos para señalar el camino. Me queda poco tiempo de vida. Mi corazón está gastando sus últimos esfuerzos. Hoy mismo he estado a punto de desmayarme, sin causa aparente, sólo por la debilidad de mi corazón.
Bakunin creía implícitamente en la acción de masas no sólo para el gran cambio revolucionario. Sino también para la organización de la vida económica después de la revolución. No podía hacer tregua con ningún poder estatal que poseyera o controlara los medios de producción y distribución.
Consideraba de la mayor importancia que los propios trabajadores, colectivamente, estuvieran en posesión de los recursos de la sociedad, que regularan la organización industrial de modo que cada miembro de cada comunidad permaneciera socialmente libre para disfrutar del producto del trabajo sin que ningún poder obstaculizara su crecimiento y desarrollo.
Por eso Bakunin repudiaba al Estado como sinónimo de la claudicación de la libertad del individuo o las pequeñas minorías; la destrucción de las relaciones sociales, la restricción o incluso la completa negación, de la propia vida, para su propio engrandecimiento. El Estado es el altar de la libertad política y, como el altar religioso, se mantiene con el propósito del sacrificio humano.
Cuando estuve varias veces en España para colaborar en la revolución social, y gracias a la solidaridad y cooperación de la C.N.T., la F.A.I. y las Mujeres Libres, pode pude saber que, además de la lucha por aplastar al fascismo, se estaba poniendo un gran énfasis en el aspecto constructivo de esa imperiosa batalla. Las fábricas y colectividades que visité y las casas que estaban construyendo para esa gran tarea estaban en perfecto estado y orden como si no hubiera habido batallas campales con nuestros enemigos. El trabajo y la vida había continuado bajo una supervisión tal vez mejor que bajo los antiguos propietarios. Con ello habían demostrado que nuestro gran maestro Mijail Bakunin tenía razón cuando decía que “el espíritu de destrucción es también el espíritu de construcción”. El pueblo español incluso evidenció las viles tergiversaciones y acusaciones de muchos periódicos de que el anarquismo es una teoría caótica, que no tiene programa, que sólo está empeñado en destruir y arruinar.
Ante el peligro y la muerte, demostraron que el anarquismo es la filosofía social más constructiva, por la que vale la pena vivir, luchar y, si es necesario, morir.
Emma Goldman2
Introducción al Tomo 6 de las Obras Completas de Mijail Bakunin.
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1.- “Carta de despedida a los compañeros de la Federación Jurasiana”, Tomo 8.
2.- El principio de este escrito fue publicado en: Der Syndikalist nº 26, Vol. 8, Berlín 1926, pág. 3. (Número especial en conmemoración del 50 aniversario de la muerte de Bakunin). La continuación esttá configurada con pasajes de su correspondencia (Emma Goldman Papers. A Microfilm Edition: 20,000 Documents in 69 Reels, Falk, Candace, Ronald]. Zboray, et all., eds. Alexandria,Virginia: Chadwyck-Healey, 1990-1993).
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