“Stonewall. El origen de una revuelta”, Martin Duberman.

      La madrugada del 28 de junio de 1969 cambió la vida de las seis protagonistas de este libro, pero también cambió la de quienes hemos nacido años después en un mundo influenciado por sus ecos, y en especial la de quienes en este nuevo contexto hemos querido seguir luchando por el largo camino que todavía nos queda, tomando el testigo de aquella Revuelta de Stonewall que a día de hoy, 50 años después, sigue siendo referencial.
     “El primer Orgullo Gay fue una revuelta” dice con toda razón una camiseta, queriéndonos recordar que los primeros orgullos no eran el capitalismo rosa y la apología del estado de las cosas que son ahora, sino que quienes acudían arriesgaban su integridad física, y también en muchos casos su vida social. Pero Stonewall no fueron sólo los cinco días de movilizaciones frente a la puerta del bar tras aquella fallida redada policial. Fueron décadas de intensa y disputada lucha a favor del deseo homosexual en EEUU y Europa central. Fue el trabajo de calle de los colectivos. Fue quienes resistían y sobrevivían diariamente en una sociedad que las rechazaba por ser además pobres, trans y/o no blancas.
    Y fue no dejar que todo se quedara en una revuelta: la organización de nuevos colectivos y de nuevas formas de lucha que conllevaron algunas mejorías para algunas, problemas similares para otras y un nuevo marco de lucha que a día de hoy con algunos cambios, prosigue.
      Con este trabajo también queremos terminar con el “mito de Stonewall” que nos llega como una revuelta de tipos gays cis blancos jóvenes, “socialmente” guapos y “liberados”. Es decir, contada por sus principales beneficiarios. Las trans racializadas lo dieron todo junto a las chaperas callejeras y a las bollos de todo tipo, y no faltó la presencia de maricas que luchaban ocultas en grupos anarquistas, autónomos, antibelicistas, comunistas o de liberación racial, deseosas de luchar también por aquello que las interpelaba más directamente. Ante todo demostrar el potencial de lucha y de revuelta que tenemos quienes estamos a la sombra del cisheteropatriarcado. La experiencia de Stonewall desató un fuego que luego muchos quisieron apagar, pero que fue, es y será difícil de extinguir por completo. Confiamos en que la edición de este libro en castellano sea una chispa más que lo avive.
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426 páginas. Rústica 14 cm x 19 cm, 13 euros.
ISBN: 978-84-697-9892-8
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     Martin Duberman (New York, 1930), historiador y dramaturgo gay de ascendencia judía, es el autor de unos treinta libros, siendo sus más conocidos éste y Cures: a Gay Man Odyssey (1991). Se graduó con honores en la Universidad de Yale en 1952, y se doctoró por Harvard en 1957. Tras una etapa de profesor en Yale, en 1968 firmó un conocido manifiesto en contra la Guerra de Vietnam, y fue encarcelado por participar en una sentada frente al Senado. Tras la Revuelta de Stonewall participó en la fundación de grandes organizaciones como Lambda Legal Defense Fund (1971) o National Gay Task Force (1973). Así conoció personalmente a buena parte de las personas que aparecen en el libro, con quienes compartió manifestaciones, colectivos, debates, ilusiones y férreas amistades.
En los noventa viró su activismo hacia lo queer, participando en recopilaciones de textos de colectivos de base, y en la fundación de Queers for Economic Justice, de tintes antirracistas y libertarios. A día de hoy sigue incidiendo en la necesidad de una comunidad LGTBQ politizada y combativa, que se preocupe por incluir a su parte más excluida (adolescentes, trabajadoras sexuales, identidades trans, gente seropositiva…) y que se aproxime a aliarse con otros movimientos sociales de cariz radical.
Sus investigaciones le han valido infinidad de reconocimientos por parte de instituciones y colectivos LGTBQ,  destacando el título de Doctor en Humanidades por la  Universidad de Columbia en 2017. Actualmente es profesor emérito de Historia en el Instituto Lehman y en el Centro de Graduados del CUNY (Campus de la Universidad de New York), y fundador y director del Centro de Estudios de Gays y Lesbianas en el CUNY. En la actualidad sigue investigando, escribiendo y publicando.

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Prefacio

    “Stonewall” es el evento emblemático en la historia moderna gay y lesbiana. El lugar de una serie de disturbios a finales de junio-inicios de julio de 1969 como resultado de una redada policial en un bar gay de Greenwich Village, el “Stonewall” se ha convertido en sinónimo a través de los años de la resistencia gay a la opresión. Actualmente, la palabra resuena con imágenes de insurgencia y auto-consciencia y ocupa un lugar central en la iconografía de la conciencia gay y lesbiana. Los disturbios de 1969 se toman actualmente como fecha del nacimiento del movimiento político gay y lesbiano moderno. Ese momento en la historia en el que gays y lesbianas entendieron como una sola cosa su maltrato y su solidaridad. Por tanto, “Stonewall” se ha convertido en un símbolo de empoderamiento de proporciones globales.

     Increíblemente todavía –1994 es ya el 25 aniversario de la revuelta de Stonewall– la presente historia de agitación no ha sido nunca contada en su totalidad, o bien entendida. Desde 1969, hemos estado moviéndonos sobre las mismas historietas de la revuelta de las mismas y escasas fuentes, durante tanto tiempo que se han transformado en un simple mito. Por otra parte, las décadas precedentes a Stonewall continúan contándose por muchos gays y lesbianas como un vasto basurero neolítico, y esto a pesar de los esfuerzos de historiadores pioneros como Allan Bérubé, John D’Emilio y Lillian Faderman por llenar el paisaje de aquellos años con personalidades tan astutas y vividas políticamente.
Aunque tarde, ya es hora de soterrar el simbólico Stonewall en una realidad empírica y colocar los hechos de 1969 en su contexto histórico. Al intentar hacerlo, he sentido importante no homogeneizar la experiencia en el momento en el que la voz individual se está perdiendo de vista. Mi intención era abrazar precisamente lo que la mayoría de historiadores contemporáneos han descartado: la interpretación antigua y esencial de historias humanas contadas. Demasiado a menudo, bajo mi punto de vista, los historiadores profesionales han cedido ante una tendencia “sociologizante” que reduce vidas tridimensionales a una estática carta, y aleja al lector con una jerga especialista que pretende aportar una mayor precisión cognitiva, pero que sirve más a menudo para acordonar y silenciar determinadas cuestiones humanas.
Por tanto he adoptado una estrategia narrativa poco convencional en las partes que lo permitían de este libro: la recreación de media docena de vidas con una particularidad que se conforma no por categorías interpretativas, sino sólo por su propia idiosincrasia rítmica. Para enfocarse en historias personales no sirve especular sobre los patrones de comportamiento, sino, creo, contribuir a asegurar que la especulación reflejará las auténticas disparidades de la experiencia individual. Mi opinión sobre la irreductibilidad de la singularidad de cada vida se combina con una paradójica creencia en que las experiencias vitales, pese a su singularidad, pueden compartirse. Es, si preferís llamarlo así, una creencia en la democracia: la importancia de lo individual en una vida en comunidad.
Para los seis retratos del libro he elegido deliberadamente gente cuyas historias fueron por sí mismas odiseas absorbentes, y que al mismo tiempo pudieran hablar de otros gays y lesbianas.
Los problemas de Jim Fouratt para permanecer en la Iglesia Católica, por ejemplo, o para conseguir entrar dentro del mundo del teatro neoyorquino, no duplican las experiencias artísticas o religiosas de cualquier otra persona, sino que aportarían suficientes similitudes como para ilustrarlas desde una perspectiva general. La ambivalencia de Yvonne Flowers como una mujer negra que frecuenta bares lesbianos de gente blanca, no es exactamente igual al comportamiento de cualquier otra persona en el mundo de los bares, pero será lo suficientemente familiar para otras personas que experimenten sentimientos equivalentes al respecto.
Las seis personas que finalmente decidí perfilar parecían “encajar” bien juntas. Sus historias fueron lo suficientemente diferentes como para mostrar la diversidad de las vidas gays y lesbianas, e incluso lo suficientemente interconectadas, como para permitirme entrelazarlas cuando en la segunda mitad del libro el lienzo histórico se ensancha en la revuelta de Stonewall, las políticas gays y la primera manifestación del Día de la Liberación por Christopher Street.
No quiero decir que esas seis vidas representen todas las posibles variaciones de lo que experimentaron gays y lesbianas en la época del Stonewall. Por empezar a enumerar algunas posibles ausencias, en estas historias no aparece nada del mundo rural o de pequeñas ciudades, ni sobre la vida de gays chicanos, italianos o asioamericanos, ni nada sobre qué era o le hubiera gustado ser a un cartero gay, a una enfermera lesbiana, a una estrella del pop bisexual. Ningún grupo posible de seis podría representar los numerosísimos senderos de la existencia lesbiana y gay. Pero sí puede sugerir algunas de las principales experiencias en la niñez, estrategias de supervivencia en la adultez, actividades políticas y sociales, valores, percepciones y asuntos que caracterizaron a la generación Stonewall.
Si las primeras partes de los capítulos este libro, enfocado en vidas individuales, se reservaron para hacer la experiencia pasada más directamente accesible, como suele pretender un trabajo de historia, no fue para reservarlas conscientemente a una historia “popular”, lo que habitualmente significaría ofender a las investigaciones históricas o al compromiso de la precisión histórica. Mi énfasis en la personalidad podría legítimamente considerarse novelístico pero, al contrario que los novelistas, e intentado desechar toda invención y preservar la veracidad del hecho histórico. Como en mis libros anteriores, he buscado previamente con ahínco fuentes materiales desconocidas o no utilizadas (y he tenido bastante suerte al encontrarlas en abundancia), y he empleado escrupulosamente los criterios académicos de validación de las fuentes. La prosa abstracta no es garantía de veracidad, y de igual forma la representación de la vivencia humana no es un indicador de carencia de erudición.
Espero que el enfoque sobre individualidades y narrativas incremente la capacidad de los lectores de identificar –algunos con una historia, otros con otra– con experiencias diferentes pero compatibles a la suya propia. No conozco otra forma de hacer el pasado real que hablar del presente. Y gays y lesbianas –tan enormemente relegados de toda historia– tienen una necesidad especial y exigen que se escriba de inmediato su historia de forma exacta y accesible.

Martin Duberman
Octubre 1992